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"Práctica de creatividad narrativa en Comunicación Escrita".

Escena del desayuno en el cuarto de Monet

En la asignatura de Comunicación Escrita, los alumnos realizaron una práctica para comprender los mecanismos de la creatividad narrativa y su aplicación. A partir de una obra pictórica de su agrado, debían crear un relato corto de su propia inventiva.
 
A continuación, presentamos el relato escrito por la alumna de primer curso de Publicidad y RR. PP. Noa Sanjurjo Fuentes a partir de este cuadro de Monet.

La envidia

Como de costumbre, me dirigía en plena tarde a la cabaña del bosque. Acudía contento a este lugar, pues, entre esas paredes, tenía el placer de escuchar las alucinantes historias de la bruja Cordelia. La hechicera prendía un puñado de cenizas y las esparcía por un rincón de su salón. Acto seguido, derramaba agua hirviendo sobre las cenizas, dando lugar a una humareda de colores que cambiaban en función de las emociones predominantes en el relato. En esta humareda se proyectaría, imagen a imagen y sonido a sonido, la historia del día. Pronto vi cómo el humo se teñía de un color amarillento y cómo una voz vehemente comenzaba a narrar su historia…

Estaba harta de aguantar todos los días el mismo suplicio; ese repugnante bastardo me estaba arruinando la existencia.

Maldigo el sexo desenfrenado que se dio en las denigrantes cocinas de este palacio, entre gorrinos exánimes y cacerolas mal fregadas con restos de puchero. También maldigo a mi madre, que me había obligado a contraer matrimonio con el Marqués de Villanueva, cuando apenas había transcurrido un mes desde mi decimocuarto cumpleaños.

El Marqués de Villanueva tenía treinta y seis años cuando nos casamos. Mi madre me decía que era una joven afortunada, ya que mi prima Isabel tuvo que vestirse de blanco con once años, topándose en la iglesia con un decrépito que apenas poseía unos peniques y un par de hectáreas.

Tras décadas de matrimonio, mi tez albina se había echado a perder y mis articulaciones se volvían cada vez más rígidas. Mi cabello ya no era esplendoroso y pletórico de ondas, sino pardo y fosco, recogido en un moño apiñado.

Sabía que no era la primera vez que me engañaba, tampoco era la segunda ni la tercera. Podía oler el coito desde el descansillo de las escaleras, próximo al cuarto de las criadas. Pensé que permitir que mancillasen mi nombre de esa manera ya era suficiente castigo, pero mi corazón se encogió cuando pude oír un llanto saliendo del cobertizo: quise creer que se trataba de algún felino llorón, pero cuando empujé un poco la puerta, enseguida divisé la figura del señor Marqués con un recién nacido en brazos, llorando por la muerte de su amante. Ese niño era la encarnación de la infamia y el muy infeliz de mi marido decidió cuidarlo como a un hijo puro.

Durante sus dos primeros años de vida, Nuño había heredado la mirada pícara de su padre, sus ojos color betún y sus largas pestañas. Sin embargo, su cabello era rubio y sus labios más rojos que las manzanas; esa desdichada sirvienta había conseguido dejar huella en esta casa aun estando bajo tierra.

Todos los visitantes se derretían con sus carantoñas de bebé, pero yo solo podía ver a un crío rechoncho con la perversidad corriendo por sus sucias venas. Las sirvientas ya no tenían tiempo para preparar mis baños aromáticos, ni para arreglar mis trajes. Ni siquiera se mantuvo la costumbre de cenar a las siete y media… Esa criatura endemoniada había roto la tranquilidad de un hogar por el que yo había sacrificado mi vida amorosa.

Todo comenzó como el juego de la rayuela: había que avanzar paso a paso, con mucho cuidado de no pisar los límites, recoger la piedra y volver sin que nadie se percatase.

Una noche de invierno, me dirigí en carruaje a una cabaña del bosque. Tan solo había pisado ese lugar una vez. Acompañada de mi madre, había ido a ver a Cordelia con el fin de encontrar un remedio para la rosácea de mi hermana pequeña. La curandera mezcló en una olla miel, aloe vera, pepino y ciertos ingredientes que no quiso nombrar. Enseguida mi hermana se recuperó y su tez se alisó. Hoy, me dirigía a su morada para asesinar a un ser perverso.

Palpando distintos frascos de veneno, le dije a la bruja que me recomendase una toxina fuerte que acabase con las enormes ratas que habían destruido gran parte de nuestra cosecha. Noté cierta desconfianza en su mirada, temí que descubriera mi propósito y que mi tormento fuese interminable, pero enseguida me ofreció un bote de color malva. También me indicó que nueve gotas de ese veneno podrían matar hasta a la rata más corpulenta.

La hora del desayuno era perfecta para llevar a cabo mi plan: el servicio colmaba la mesa de fruta, pan, queso y manjares varios. Aunque ellas entraban y salían constantemente, siempre lograba quedarme a solas con Nuño un par de minutos. El niño siempre desayunaba un poco de leche y algún trozo de pan con paté. Apenas necesité un par de segundos para verter dos gotas de veneno en su vasito de leche. Este acto lo repetí en cada desayuno durante dos meses.

El veneno parecía no hacer efecto, por lo que comencé a duplicar la dosis. Pasaban los días y el bastardo mantenía una sonrisa de oreja a oreja. Llegué a verter las nueve gotas en su cuenco de comida, pero lo único que conseguí fue empeorar el sabor de la sopa.

La semana siguiente, me aproximé de nuevo a la bohemia cabaña de Cordelia. Le comenté lo decepcionada que estaba con el matarratas y le rogué que me ofreciese un líquido implacable. La bruja me dijo que lo único que tenía era un bálsamo que solo reaccionaba aplicándolo con las manos sobre la superficie que se quisiera intoxicar, pero que sería muy complicado y desagradable atrapar a los roedores con las manos. No aguantaba más esta pesadilla, el niño tenía que morir ya. Mostré falsa entereza y acepté el ungüento. Esta vez, el frasco era de color ambarino, con el dibujo de una serpiente grabado.

Debía esperar a que el Marqués partiese hacia la caballeriza, así, mientras él disfrutaba de sus dos horas de hípica matutina, yo tendría tiempo suficiente para rematar la faena. Entretuve al servicio limpiando a fondo la cubertería de plata, con la excusa de que el cumpleaños de Nuño se celebraría pronto y que acudirían al palacio todos los nobles del lugar, llenando al marquesito de obsequios. Obviamente, todo organizado por mi marido, pues si fuera por mi persona, el bastardo no habría sobrevivido al parto. Además, el día de mi cumpleaños no recibí más que un par de joyas.

Cuando se dio la situación óptima, empapé mis dedos con el veneno de Cordelia y acaricié cuidadosamente la nuca del niño. El líquido amarillento comenzó a resbalar por su espalda y una especie de humo espeso envolvió su figura, dejándome parcialmente ciega. Me alejé unos metros del crío, entreviendo bastante desconcertada lo que estaba sucediendo en el interior de la humareda. Súbitamente, el humo se disipó. Comencé a frotar mis ojos desapaciblemente, no podía creer lo que estaba viendo.

El bastardo seguía allí, sentado en su sillita, con el corazón palpitando enérgico y la mirada más expresiva que nunca. Harta de rabia, decidí acabar con esto de una vez por todas. Comencé a estrangularlo, obstruyendo hasta el más tenue hilo de respiración. El crío estaba cada vez más rígido. De pronto, mis manos comenzaron a inflamarse y tuve que soltar de inmediato el pescuezo del niño. Me arrodillé de dolor y vi cómo mis manos se volvían ásperas y escamosas. El ardor era insoportable.

Me monté en el carruaje y ordené que me llevasen urgentemente al bosque. Me detuve unos metros antes de la cabaña de la bruja, pues nadie podía descubrir su paradero. Corrí hacia su puerta, bajo la lluvia, gritando de dolor y viendo cómo el entumecimiento de mis manos se intensificaba. Los colgajos de su puerta se balanceaban bruscamente a causa de la feroz tormenta. Nadie abría la puerta. Las luces del interior de la vivienda tintineaban y, de pronto, la cabaña estalló en mil pedazos.

Huí gritando de allí y me amparé del temporal en una especie de refugio natural hecho a partir de ramas, rocas y vegetación. Estuve allí hasta que el clima se calmó, intentando olvidar el creciente dolor que sentía en mis manos. Decidí volver andando hacia el carruaje pues, si tardaba demasiado, pronto empezarían a buscarme.

Me mantuve encerrada en mi solitaria alcoba durante meses. La piel escamosa se extendía. Invertía interminables horas inundando mi cuerpo con cremas inservibles que no calmaban mi escozor en absoluto.

Una mañana me desperté y, como un agradable suspiro, un búho se posó sobre mi balcón. Como por arte de magia, el animal colocó un sobre amarillento sobre el enrejado de mi ventana y desapareció entre la luz matinal. Cuando me dispuse a abrir cuidadosamente el mensaje, pude ver un sello de cera color papiro con el dibujo de la misma serpiente que vestía el frasco que había hecho imposible mi bienestar. El mensaje llevaba las siguientes palabras escritas en tinta violeta:

“La envidia, el engaño y el odio desenfrenado la han llevado a usted al más desdichado castigo. Ningún mortal, por riqueza que guarde bajo llave, osa engatusar a una bruja mediante maliciosos embustes. Como envidiosa e infame serpiente, usted ha reptado entre falacias, dejándose llevar por el rencor y culpando a un alma inocente. Ser una mujer ruin y bellaca la ha llevado a encarnar un mal propio de las de su especie: Usted está condenada a la muda completa de su piel, proceso que se llevará a efecto durante ocho semanas y se repetirá tres veces al año. Esta muda conllevará la pérdida de apetito y la apatía que los reptiles sienten durante la ecdisis. Dé usted gracias porque le mantenga los párpados y las extremidades, pero no se preocupe, pues tampoco le he expropiado el veneno que corre por sus venas.” LBC.

Historias como la de esta tarde no podían salir de mi cabeza. Por este motivo, acudía a la cabaña de la bruja Cordelia cada tarde desde que me topé con su acogedor hogar en el bosque. Entre paredes de madera, tapices, velas aromáticas y plantas varias, la humilde señora me invitaba a té con pastas y hacía resurgir la magia de las cenizas, literalmente.

Ella, con sus adornos extravagantes y sus quitamiedos, también con su incienso y con sus remedios caseros, lograba empapar mi mente de magia y fantasía. Sin embargo, nunca me atreví a preguntarle cuánto de realidad guardan sus leyendas. Bien es cierto que parecía haber vivido cientos de años.

Ahora, en mi adultez, guardo una libreta vieja con todas las historias de mi querida compañera. Las leo y las releo, recordando su sabiduría, su afán de justicia y, sobre todo, su forma mágica de adentrarme en el mundo de la fantasía.

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