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A continuación, la clase de Comunicación Escrita del Grado de Publicidad y Relaciones Públicas presenta el relato de la alumna Noa Sanjurjo Fuentes de 1º de Publicidad y RR. PP. con ilustración original de Melania Gómez Barral.

Gula

El dulce aroma a mermelada y a pepitas de cacao inundaba la calle Azafrán desde las últimas tres décadas. Allí, se situaba una pequeña casita con un tejado carmín. Las paredes se revestían de piedra clara y un portón de madera, abierto de par en par, invitaba a los transeúntes a divisar su interior. En lo alto de la entrada, se podía leer: “Tahona de Miel”.

Miel era una mujer joven y pelirroja. Su piel era blanca y estaba cubierta de pecas. Extremidades finas y figura delicada. La infancia de esta joven estuvo rodeada de chocolate, sirope y variedad de dulces que sus padres cocinaban en su humilde negocio, fundado pocos meses después de su nacimiento. En su adolescencia, ayudaba en el horno y en la decoración de los pasteles. Hacía auténtica magia con las estrellas de azúcar y con la crema de leche. Los ornamentos de sus dulces semejaban obras de un pintor abstracto, semejaban coloridos óleos de Kandinsky.

Años después, conoció a Cardamomo, quien se convertiría en su futuro esposo. El destino hizo que sus caminos se cruzasen en el clima húmedo de las junglas de Malasia; ella investigaba nuevos ingredientes para que sus postres experimentasen sabores exóticos, mientras que él buscaba inspiración para escribir un libro, encontrando, finalmente, a su musa. Cardamomo era un hombre fuerte y robusto, con una característica barba larga, rizada y oscura, igual que su cabello. Un joven recto y pacífico con un interior dócil.

Ambos regresaron al Valle de las Especias y se hicieron cargo de la empresa, una vez jubilados los dueños originales. Cardamomo escribía con gusto las recetas que Miel preparaba con inmenso cariño. Un matrimonio feliz y risueño que mostraba su amor entre divertidas peleas de harina y viajes por el mundo para mejorar sus exquisitas fórmulas.

Cardamomo adoraba el color verde, siempre dejaba que un trébol asomase por el bolsillo delantero de su chaqueta. Solía vestir pantalones de un color similar al laurel y unos zapatos verde cocodrilo.

Esta fue la razón por la que sus dos hijas estaban destinadas a llamarse Esmeralda y Menta.

Gemelas de cabellos dorados, pero con ciertos matices carmesí, heredados de su madre. Rostros bellos y delicados. Ojos tan verdes como los tréboles que recogía su padre en los campos que rodeaban la villa. Las niñas parecían llevar impregnada la dulzura que exhalaba la tahona.

Una mañana soleada, el ruido procedente de las calles irrumpió en el sueño de esta familia. Miel se asomó, cepillando sus rizos de fuego, a la buhardilla ovalada que daba a la calle Azafrán. Un cúmulo de personas inundaban la plaza; había llegado el nuevo profesor.

La profesora Cajún llevaba varios meses acudiendo a la escuela con sus amplios vestidos de flores y con unas sandalias que acomodaban sus hinchados tobillos. Había demostrado fortaleza los primeros seis meses de embarazo, pero un lindo bebé estaba a punto de nacer y tuvo que retirarse de sus ocupaciones en la escuela. Pasaron un par de días hasta que, esa mañana, un individuo vino a ocupar su lugar.

Las gemelas descendieron por la escalera de caracol sin apenas rozar los peldaños. Un par de cuartos coquetos con paredes de calabaza, un aseo límpido de azulejos anaranjados y una humilde salita con cortinas de cuadros formaban el hogar de esta familia. Una escalerita comunicaba con la planta baja, donde se encontraba el mostrador y los escaparates que guardaban los dulces. Esmeralda abrió el portón e invitó a su hermana a que la siguiera hasta la plaza. Mientras tanto, Miel observaba la emoción de sus hijas desde la rústica buhardilla.

Ambas corrieron hacia la aglomeración de vecinos. Allí, señoras le ofrecían fruta, huevos y leche al profesor, incluso algún que otro trozo de queso. Era un señor calvo y gordinflón. Vestía una camisa de listas púrpuras, ya empapada de sudor por zonas arbitrarias alrededor de las axilas y del pecho. Sonreía ante los obsequios de los vecinos y los guardaba gustoso en su gigante maletín.

Menta y Esmeralda decidieron pedirles a sus padres que cocinasen algún pastel para él, puesto que todo el valle estaba obsequiándolo con alimentos. Cardamomo pelaba unas cuantas peras y fundía el chocolate, mientras Miel precalentaba el horno y las niñas recopilaban la mantequilla, el azúcar y la harina. Una magnífica torre de suave bizcocho bañado en chocolate blanco salió del horno de la tahona, con el único propósito de agradar al nuevo profesor. Las niñas adornaron el pastel con cremas de colores y lo guardaron en la despensa para entregárselo al día siguiente.

Por fin llegó el gran día. Esmeralda despertó a su hermana y volvió a descender la escalera en espiral efusivamente. En la cocina, ya se encontraba su madre preparando el desayuno. Menta colocó en la mesa unos platos con detalles anaranjados y dos tarros de mermelada de mora con almendras. Ambas se aferraron a sus mochilas rosadas y emprendieron el camino a la escuela.

Recorrieron los campos de tréboles y recolectaron un par de ellos para su padre. Cada mañana, observaban atentas cómo el amanecer salpicaba el cielo de tonos apricot. Ese día, el entusiasmo era tan grande, que no repararon en el sol. Miel miraba a las gemelas mientras corrían hacia la escuela, hasta que las veía fundirse con la luz matinal, empapando sus botines blancos de tierra húmeda.

Los alumnos del pueblo iban llegando a la escuela con sus maletines. El aula solo constaba de un par de ventanas, dos o tres mapas y una pequeña chimenea de leña. El profesor ya se hallaba sentado en su escritorio. Vestía la misma camisa de listas púrpuras, con algún que otro lamparón de grasa. Menta y Esmeralda se acercaron inquietas al maestro y le entregaron el bizcocho de pera y chocolate blanco. En la superficie del pastel podía leerse: “Bienvenido señor Enebro”.

El profesor ya no reparó en las ilusionadas niñas, sus ojos solo podían enfocar la delicia que le habían colocado encima de la mesa. Parecía un cebón famélico ansioso de maíz. Arrancó un pedazo del dulce con la mano derecha, manchando sus rechonchos dedos de azúcar. Se terminó el primer trozo de un solo trago, deformando el mensaje escrito con caramelo. Cuando el señor Enebro se percató de que todos sus alumnos estaban en el interior del aula, limpió varias migas de su bigote con un pañuelo de tela y guardó en su despacho el resto del pastel.

La clase comenzó con la lectura de algunos poemas ambientados en la primavera, enseguida interrumpidos por un ruido en la entrada. Un niño rechoncho, cuya cabeza casi rozaba el marco de la puerta, entró despreocupado en el aula y se dejó caer toscamente en su asiento. Todos los ojos del lugar repararon en su mala educación. Fue el único alumno que no se aproximó al señor Enebro para ofrecerle algún obsequio. El profesor se percató de ello y no dudó en sermonearle:

─Disculpe, obviando que no se ha molestado en saludar ni en darle la bienvenida a su nuevo profesor, como haría una persona correcta, ¿podría al menos decirnos su nombre? ─dijo el profesor desabotonándose el primer botón de la camisa.

─Si tanto le importa, mi nombre es Garam ─respondió fachendoso.

Pronto sonaron las once y media. El tocar de las campanas de la capilla resonaba por todo el valle y su harmonía se expandía por las casas, los huertos, las flores… Este son inició la hora del patio, cuando cada estudiante desempaquetaba su merienda del día. Esmeralda y Menta siempre disfrutaban de los aperitivos más elaborados. Aquel día habían desenvuelto unas galletas de canela, un batido de coco y un yogur de frutas del bosque. El aroma a canela viajó desde el jardín del colegio, paseando entre los libros y mezclándose con el humo de la chimenea, hasta la habitación del candado. El señor Enebro cerró sus ojos e inhaló profundamente el olor terroso y dulce de la canela. No pudo resistirse a desbloquear la puerta y seguir con su olfato el hilo de la fragancia. Tan sumido en perseguir el aroma, casi se tropieza con las gemelas, que estaban sentadas sobre una roca lisa del jardín. Se aproximó a ellas y fijó su mirada en el pintoresco almuerzo.

─Veo que este olor tan agradable procede de vuestra merienda… ¿Seríais tan amables de compartir con vuestro querido profesor? ─preguntó el señor con falsa amabilidad, mientras Menta le ofrecía una de las galletas─. Alguna que otra cucharada de ese yogur bermellón tampoco me vendría mal después de un día tan largo… ─insistió el insaciable y tragón profesor.

Petición tras petición, las hermanas vieron cómo sus recipientes se vaciaban en cuestión de minutos. El señor Enebro devoraba y salpicaba desagradablemente su camisa hortera, amontonando lamparones entre los raídos botones. Ambas mantenían una cara de asombro mientras presenciaban tal espectáculo, el cual se repitió durante semanas.

Cada tarde, las gemelas llegaban a la tahona más desfallecidas, exageradamente agotadas. El profesor les arrebataba tres cuartos del almuerzo cada mañana: buñuelos de crema, zumo de zanahoria, torrijas de vainilla… Todo le servía al lameruzo del señor Enebro.

Esmeralda decidió buscarle solución al sabotaje alimenticio que estaban siendo víctimas. Una tarde, exhaustas tras las horas de clase, posaron sus mochilas en el mueble del pasillo. Ese día, Miel leía un libro bajo la luz tenue de un par de velas, pues en el cielo ya solo brillaban las estrellas. Cardamomo introducía un par de moldes en el frigorífico para servir al día siguiente. Esmeralda aprovechó un instante de tranquilidad en su hogar para adentrarse en la magnífica despensa que guardaba la tahona. Estantes repletos de especias y ornamentos comestibles. La niña atrapó un tarro de galletas situado en el último anaquel. Las envolvió entre servilletas con caracolas azules coloreadas.

Cuando el día apenas se había iluminado, incluso podría decirse que la Luna todavía brillaba esplendorosa, Menta y Esmeralda abrieron, cuidadosamente, el portón de la tahona. Acariciaron la manilla con máxima suavidad, con un gesto muy ligero, pero suficiente para entreabrirla parcialmente y escabullirse. Los tirabuzones carmesíes de las muchachas ya se zarandeaban a altas horas de la madrugada, se posaban y agitaban los rizos sobre la tela suave de sus camisones, fraudulentamente teñidos de matices malva bajo el incipiente amanecer.

Sus pies descalzos las llevaban por los recovecos del Valle de las Especias que ellas conocían tan bien como sus lunares. Todo de frente y giro a la derecha al sobrepasar la casa del herrero. Entre los naranjos de la anciana Badiana existía un atajo hacia el puente de cuarzo blanco. Cruzando ese albo pasadizo, se toparían, por primera vez, con la casa del profesor. Nunca habían estado allí, pero en el pequeño valle, se conoce el paradero de todos los que allí habitan.

Sus pies estaban un poco lastimados por recorrer variopintos rincones. Menta se tropezó con algo extraño al sobrepasar el puente y su hermana retrocedió para tenderle la mano. Los ojos de Esmeralda divisaron entre la oscuridad que el objeto con el que se había tropezado su hermana se trataba de una especie de gnomo de jardín. El rostro estaba deformado y transmitía cierta angustia, pero cuál fue su sorpresa cuando volvió la mirada hacia Menta y se la encontró anonadada, con la boca abierta y la vista fija en las alturas. La casa del profesor era tremendamente extraña. Los tejados se fusionaban arbitrariamente, sin sentido aparente. Las tejas no presentaban un color uniforme: unas nuevas y relucientes, otras gastadas y sucias. Del vino tinto al rosa palo en una sola hilera. Las paredes púrpuras y deslucidas soportaban ventanas enrejadas sobre repisas oscuras como el betún. El portal de acero era inquietante y la aldaba esculpía la cabeza de un cerdo en su máxima tumefacción, una escena que a plena luz matinal semejaría ridícula, pero entre la niebla nocturna, rebasaba el espanto.

Las gemelas, aterrorizadas, posaron el envoltorio que guardaba las galletas de plátano encima del felpudo de su profesor, acompañadas de una carta. En cuanto se aseguraron de que habían cumplido con su objetivo nocturno, atravesaron velozmente el valle, pensando el volver a acurrucarse entre las apacibles sábanas, olvidando el hielo que hería sus gaznates en plena carrera.

Al llegar a la calle Azafrán, Esmeralda retiró la piedra que habían colocado tiempo atrás para mantener el portón de madera entreabierto. Se deslizaron prudentemente hacia el interior de la tahona. La oscuridad solo permitía atisbar un par de dulces dispuestos tras el escaparate. Ascendieron las hermanas por la escalerita de caracol y regresaron a su dormitorio.

El cielo azabache mudó en tonos caléndula, hasta que las esponjosas nubes se asomaron en el celeste firmamento. El señor Enebro apagó el despertador de un manotazo. Se vistió con una camisa de listas naranjas que volvía su panza todavía más voluminosa. Cepilló su enfurecido bigote y se dispuso a salir por la puerta. Sorprendido, recogió el envoltorio con las galletas y la carta que las gemelas habían dejado la noche anterior sobre su felpudo. El profesor abrió el sobre, que desprendía un perfume a nectarina, y encontró una pequeña nota:

Queremos agradecerle todo lo que nos enseña en el aula y todo lo que aprecia el almuerzo que nuestros padres nos preparan, pero tenemos que decirle que, a partir de ahora, nos han prohibido compartir nuestros aperitivos para que nadie averigüe los ingredientes secretos que se utilizan en la tahona. Le regalamos estas galletas de plátano como última ofrenda.

M&E

El señor Enebro frunció el ceño y las venas de su mantecoso cuello se volvieron hiperbólicas.  Atrapó bruscamente las galletas y destrozó, rebosante de rabia, la diminuta nota en cien pedazos.

La clase culminó con unas cuentas sencillas de matemáticas y, con la última división, se pudieron oír, un día más, las campanas de la capilla tocando las once y media. El seboso profesor no se dirigió, como solía hacer, a la piedra lisa donde descansaban Menta y Esmeralda durante el patio. Las gemelas creyeron que el profesor no volvería a manosear su comida, pero estaban siendo observadas desde una ventana del aula. El profesor no podía contener su tragonería, tenía que elaborar un plan para hacerse con los manjares más deliciosos que se preparaban en el valle.

El maestro invitó al zafio de Garam a entrar en su despacho y cerró con llave. Esa habitación la utilizaba la profesora Cajún para pintar algún cuadro durante la hora del patio o para corregir exámenes. Dejaba pasar a los niños de vez en cuando y, alguna que otra vez, la podían ver tocando la mandolina o cascando algunas nueces a través de la ranura de la puerta. Sin embargo, ahora estaba cerrada con llave. Garam preguntó jactancioso qué había sucedido. El profesor le entregó las galletas de plátano y le propuso un trato.

Esa tarde, las hermanas llegaron a la tahona risueñas y esplendorosas. Enérgicas y satisfechas porque su plan había funcionado a la perfección. Sin embargo, días después, su gozo cayó en picado. Menta y Esmeralda depositaban sus mochilas, cada mañana, en el cajón de tela que les correspondía, incluso la señorita Cajún les había bordado sus iniciales en la parte delantera. Todos los alumnos organizaban sus maletines y pertenencias de esa manera, las cuales no recogían hasta que las clases se daban por finalizadas. A las once y media, cada uno abría su cajón para extraer sus refrescos y fiambreras, pero cuando las gemelas se aproximaban a hacerlo, los recipientes estaban vacíos. Una semana más tarde, Menta y Esmeralda seguían sin llevarse nada a la boca durante el recreo y se preguntaban por qué motivo desaparecía, cada día, el contenido de sus fiambreras.

Antes de dormir, Esmeralda decidió elaborar otra estrategia para descubrir el paradero de sus alimentos. Sospechaban que algún compañero pudiese robarles entre clase y clase, pero nunca lo habían visto con sus propios ojos. Descendieron por la escalera de caracol y divisaron a su padre experimentando con fórmulas de sabor y especias. Cardamomo se había formado su propio laboratorio en la planta baja, al cual se entraba atravesando una colorida cortina de flecos. Lo espiaron hasta que este decidió irse a descansar.

Menta siguió a Esmeralda a través de los cordeles y comenzaron a husmear entre los frascos y las goteantes pipetas. En el laboratorio se respiraba una fragancia que acoplaba el plástico y el pimentón picante. Palparon los diferentes tarros situados en uno de los estantes mientras descifraban sus etiquetas. Cardamomo poseía una caligrafía un tanto peculiar.  Alzando la vista, pudieron ver un mueble de pared de color rojo chillón. Menta se sirvió de una silla para alcanzarlo. Al abrir las puertas del mueble, un fallo de equilibrio propició que un par de sustancias se precipitasen al suelo. Los frascos de plástico no se rompieron, pero uno se agrietó ligeramente y comenzó a emanar un hedor insoportable. Se alejaron del producto lacrimógeno y, cuando la humareda se hubo disipado, Esmeralda se aproximó para leer la etiqueta: “Capsicum”.

El sol se asomó ensortijado, alumbrando vivamente todo el valle.  Miel ya introducía los aperitivos de sus hijas en lindas bolsas de papel turquesa. Esmeralda y Menta atraparon velozmente ambas bolsas y las guardaron dentro de sus respectivas mochilas. Las níveas botas volvieron a salpicarse de barro mientras las hermanas atravesaban los campos de tréboles. Al llegar al inicio del camino que conducía a la escuela, una de ellas se detuvo y extrajo el frasco de capsaicina, vertiendo parte de su contenido entre los gofres con miel y la horchata que Cardamomo había preparado. No se excedieron en cantidad, pero derramaron el líquido suficiente para que, a quien osara probar esos alimentos, se le derritiesen los ojos y el paladar.

Las clases comenzaron como lo hacían habitualmente. Pronto se escucharon las campanadas y las gemelas acudieron cautelosamente hacia el compartimento que debería contener sus pertenencias y, como era de esperar, el almuerzo de ambas había desaparecido.  Esmeralda recorrió cada rincón de la escuela para determinar si algún presente encarnaba los síntomas que esa especia abrasiva le provocaría al entrar en contacto con su saliva. Nadie parecía haber probado la capsaicina.

La melodía de las doradas campanas marcó las doce y el final del tiempo de ocio. Todos los alumnos se colocaron de nuevo en sus pupitres, excepto el zafio de Garam Masala. Por su mala fama como estudiante, era muy probable que se hubiese escaqueado antes de dar las doce, por lo que nadie le dio demasiada importancia al asunto.

El estupor colectivo se produjo cuando un sonido metálico se escuchó al otro lado de la habitación del candado. Garam abrió desde el interior del despacho con las llaves del profesor. Cabizbajo y apenado, permitió que un par de lágrimas resbalasen por sus mejillas. Se aproximó a su pupitre y se sentó con la mirada fija en el suelo. Esmeralda se acercó a preguntarle qué había pasado, cuando, como si se tratase de una liberación absoluta, Garam confesó todo.

El profesor, en su máxima inquina y glotonería, había convencido a Garam para que este, a cambio de unos centavos a la semana, hurtase los alimentos de las gemelas, pues, como es sabido, las elaboraciones de la tahona eran los manjares más deliciosos del valle. El señor Enebro no pudo soportar tal privación. Por este motivo, el ineducado de Garam aprovechaba el momento en el que las gemelas estaban atareadas para realizar el robo.

Resultaba extraño ver lagrimones brotando de los ojos de un niño tan corpulento, con una postura increíblemente sólida. No se entendía demasiado esta confesión repentina, hasta que Menta pudo oler un hedor característico: los aerosoles de pimienta del Capsicum. No era posible determinar si la fetidez estaba en estado gaseoso o no, pues penetraba los párpados de las niñas con una facilidad pasmosa y el ambiente que envolvía el aula parecía encharcado. Pudieron atisbar como el repugnante y dañino hedor asomaba por el despacho del profesor, volviéndose más enérgico según se acercaban a él. Con las manos cubriendo incompletamente su cara, Esmeralda pudo ver el cuerpo inerte del profesor acostado sobre su silla. Amplias circunvalaciones de sudor frío cubriendo su camisa anaranjada y apestosa. Tenía el rostro de color rojo y la nariz desmesuradamente hinchada, similar a la aldaba que habían divisado la noche anterior.  Los ojos desbordaban de sus cavidades y las manos estaban más rígidas que el tallo de un cactus. Probablemente, se hubiese tragado los gofres infectados de un solo bocado. Las gemelas y Garam abandonaron con espanto el escenario pestilente. No se atrevieron a volver la mirada. Rezaban para que esa imagen repugnante no se convirtiese en un cadáver.

A la mañana siguiente, Esmeralda, Menta y Garam se juntaron en la capilla para ver en qué estado se encontraba el profesor antes de que llegase el resto de la clase. Entraron en el aula con temor y entreabrieron la puerta del despacho, atisbando una figura poco reconocible. Un cuerpo femenino y esbelto, con una melena corta y lisa de color café. Giró su cabeza hacia ellos y esbozó una sonrisa.

Era la profesora Cajún, había vuelto y mucho más ligera. El estado emocional de los niños se hallaba sumido en una gran confusión:  esperaban encontrarse un posible cadáver y se toparon con su antigua profesora, más bella que nunca y con un bebé entre sus brazos.

Días más tarde, los rumores se mezclaban y tergiversaban en cuestión de minutos. Se corrió la voz de que el profesor Enebro se había fugado del valle con el equipaje a medio hacer, por una llamada telefónica de un familiar lejano, por lo que la profesora Cajún se había tenido que incorporar con antelación. Otros afirmaban que lo habían visto recibir cartas sospechosas, por lo que podía estar metido en algún lío. La hipótesis más divulgada lo relacionaba con alguna enfermedad terminal, pues el revisor que vio su huida en tren, atestiguó que desprendía un olor insufrible y que sus ojos se parecían a dos cacerolas humeantes. Lo que está claro, es que la gula terminó con su regocijo.

Noa Sanjurjo Fuentes

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